El turismo en la contemporaneidad se ve influenciado por fenómenos que marcan el período Post moderno y muestra un escenario real donde confluyen la globalización, el multiculturalismo y la desterritorialización, la sociedad de masa y el consumismo; el poder de la industria cultural y el alto desarrollo tecnológico y de transportes.
Algunos rasgos de la sociedad post moderna se caracterizan por su disolución y decadencia de la modernidad, en la que se realza la descentralización del sujeto, cuya continuidad biográfica y el sentido de unidad ceden espacio para la fragmentación y ruptura del sentido de identidad del individuo. En esa misma línea podemos pensar en este mundo post moderno como tiempos de percepción efímera, en que todo es como si fuera un castillo de arena, frágil, provisional, efímero tal como el ser humano.
A nivel económico, podemos identificar la formación de un mundo global, donde crisis y oscilaciones de mercado causan efectos en todo el mundo. Conflictos políticos y sociales, guerras, terrorismo…etc, son factores presentes en nuestra cotidianeidad. Es en ese contexto donde el turismo como fenómeno no puede ser entendido aisladamente.
Ciertos sucesos pueden crear o interrumpir en tendencias y destinos, además de provocar intereses y motivaciones en la visita de lugares que sirvieron de escenario para atrocidades contra la humanidad, como los campos de concentración Nazi, o la zona Zero de Nueva York, por poner algunos ejemplos.
El turismo, tuvo su crecimiento acelerado a partir de la segunda mitad del siglo XX, periodo calificado como turismo industrial. Desplazamientos masivos, generando importantes consecuencias sociales, políticas, culturales, de medio ambiente y financieras. Las consecuencias de ese turismo de masa fue la pérdida de la identidad inducida por el turismo, afectando la comunidad local y los destinos que son consumidos como mercancías. Las empresas del sector invierten millones en convertir y transformar espacios en productos turísticos, esto contribuyó a la búsqueda y colonización de territorios y sociedades, ampliando significativamente las fronteras del planeta.
De esta manera se repuntó cómo una de las principales actividades económicas de la contemporaneidad, por generar importantes divisas para la economía de los países, cobrando gran importancia para las sociedades, incluso en épocas de recesión y crisis, la actividad ha mantenido una dinámica relevante frente a otros sectores. La cuestión económica debería ser pensada a largo plazo y fruto de una planificación de éxito capaz de respetar el medio ambiente, la comunidad y la cultura local. Con eso, el turismo debe ser considerado como producto de la cultura, en el sentido amplio de este término.
La preocupación por entender el turismo bajo la perspectiva de la cultura nos remite a la reflexión sobre la cuestión de la identidad cultural, que en la actualidad viene sufriendo intensas interferencias, (viendo al turismo como una de ellas), y transformaciones que muchas veces son negativas.
Se responsabiliza al turismo de transformar todo lo que toca en artificial, creando un mundo ficticio y místico de ocio, ilusorio. Donde el espacio se transforma en escenario para el espectáculo para una multitud indefinida mediante la creación de una serie de actividades que producen la sensación de escape, donde lo real se metamorfosea para seducir y fascinar.
Se han realizado diversas tesis sobre el espacio y la identidad, una de ellas sostiene que al vender el espacio se produce la no identidad y , con eso, la idea del no lugar, el espacios es transformado en mercancía y por lo tanto, se hace artificial, sin sentido, sin características propias que lo identifican, sin historia, sin identidad. Se teoriza sobre el lugar como producto de las relaciones humanas, entre hombre y naturaleza, tejido por relaciones sociales que se realizan en el plan del vivido, lo que garantiza la construcción de una red de significados y sentidos que son tejidos por la historia y cultura civilizadora produciendo la identidad. El hombre se reconoce porque ahí vive. La sujeta pertenencia al lugar como este a él, pues la producción del lugar se conecta indisolublemente a la producción de la vida.
La identidad, el sentimiento de posesión o formas de apropiación del espacio están directamente relacionadas con lugares habitados y marcados por la práctica social, transformando la naturaleza en producto de una capacidad creadora, acumulación cultural que se inscribe en un espacio y tiempo. Y él no lugar es definido como la producción o construcción de simulacros de lugares, por medio de la no identidad, que reflejará también en comportamientos y modos de apropiación de esos lugares.
Para profundizar en la cuestión de la identidad en tiempos postmodernos, es imprescindible examinar los escritos de Stuart Hall sobre este tema. El autor trabaja la cuestión de la crisis de identidad, que implicaría en el declive de las identidades tradicionales que estabilizaban el mundo social y que en el actual contexto mundial se encuentran fragmentadas. El sujeto, hoy, posee diversas identidades, siendo estas muchas veces contradictorias.
La noción de cultura ya no es fácilmente definida, los conceptos están entrando en colapso debido a los cambios institucionales y estructurales. El propio proceso de identificación, a través de lo cual nos proyectamos en nuestras identidades culturales, se hizo más provisional, variable y problemático. Incluso, se puede afirmar que es muy complejo pensar en la identidad cultural basándose en una cultura nacional, ya que esta, cada vez más, está fragmentada y “desterritorializada”. Constituida no sólo por signos nacionales, sino que están afectados por influencias externas.
La globalización tiende a destruir las identidades locales, regionales, nacionales para instituir el global, homogeneizado en las culturas. Si la tendencia de la contemporaneidad es esa, debemos ser conscientes de los efectos nocivos que conlleva, pues la diversidad cultural es de gran interés para la humanidad y motivación para el turismo. […]